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¿Hemos aprendido? (5/6). La educación rural: espacio de cambio

Artículo originalmente publicado en DEBATE N°115, junio-julio 2002.

En el 2002, DEBATE convocó a un grupo de especialistas para que abordaran la problemática de la educación desde diferentes aristas.

 

La educación rural: espacio de cambio

En un escenario optimista, las debilidades podrían convertirse en ventajas

Flavio Figallo Rivadeneyra

Puede decirse, en sentido estricto, que no existe ni ha existido la educación rural como algo diferente de la urbana. Lo que observamos en nuestro medio como tal es una mala copia de la educación homogeneizadora nacida de la revolución industrial. Lo más parecido a ella, en todo caso, ha sido la docencia bilingüe y/o intercultural, diseñada originariamente para atender a las pequeñas culturas rurales oprimidas y que hoy –si queremos comprender, convivir e iniciar nuevas conquistas como especie humana– resulta ser una necesidad universal.

Pero si esta es la dirección que estamos recorriendo, ¿en qué parte del camino estamos?

En los poblados rurales sin caminos, electricidad, ni comunicación, aislado del resto del país y del mundo, el comunero, campesino o nativo, sabe que tanto educarse como progresar equivalen a migrar. Los conocimientos, la información, las oportunidades, están en el exterior. La escuela es sólo el primer paso para el éxodo.

La otra cara de ese aislamiento es la dispersión, acentuada en nuestra realidad por una compleja y difí-

cil geografía (las escuelas están lejos de los profesores y de muchos alumnos). Eso complica el intercambio cultural y la comunicación de lo rural con lo urbano, así como el flujo de información entre miembros de una misma comunidad o grupo étnico.

Estas características de nuestra realidad, junto con la inercia homogeneizadora de nuestra educación, han permitido al mismo tiempo la permanencia de una enorme variedad de grupos etnolingüísticos y la ausencia de puentes comunicativos sólidos que permitan el intercambio de conocimientos y el desarrollo de múltiples lenguajes a partir de los cuales pueda expresarse una cultura que acepte las diferencias y al mismo tiempo posea un espacio común. Mientras esto ocurra, los alumnos no sólo no hablarán ni leerán bien el castellano, sino que en muchos casos seguirán siendo propietarios de una lengua sin escritura cuyos significados no se pueden intercambiar.

Sin embargo, el aislamiento y la dispersión no son más una fatalidad insuperable. Existen formas de organización, como las redes escolares, que además de introducir economías de escala permiten desarrollar dinámicas de relación equitativa y horizontal entre las partes, propiciando un intercambio fluido de recursos, información, experiencias, intereses y propuestas. Es posible, además, enriquecer el entorno de conocimientos a través de las modernas tecnologías de la información y la comunicación, multiplicando así las oportunidades de interacción con otros espacios semejantes y con el mundo.

Para romper con la "inercia homogeneizadora" es necesario dar paso a una educación flexible, abierta a las diferencias culturales, que forme individuos con competencias definidas nacionalmente y susceptibles de medición y comparación. Es primordial mantener el espacio para el desarrollo de competencias definidas localmente que puedan ser evaluadas por los propios actores.

Otro problema de la educación en el ámbito rural, que bien visto puede considerarse como ventaja, se relaciona con la naturaleza de las pequeñas escuelas unidocentes y multigrado que obliga a un profesor a trabajar simultáneamente con alumnos y alumnas de distintas edades y de grados diferentes. Esta complejidad, de acuerdo con la moderna pedagogía que coincide con lo que los buenos profesores han descubierto en la práctica, es un handicap que abre la posibilidad para una educación desgraduada en la que se aplican metodologías que estimulan el aprendizaje autónomo, el trabajo en grupo, el aprendizaje entre pares y la interacción entre los que saben y los que necesitan aprender.

Para ello, sin embargo, es necesario redefinir el

papel del docente, colocar en el centro de la atención

los aprendizajes y no la enseñanza, tomar conciencia

de lo que no se sabe para aprenderlo, contar con aquellos miembros que detentan el saber, la lengua y la cultura locales.

Un último aspecto que quisiera destacar se refiere a la gestión de los centros educativos. Es necesario contar con sistemas en los que participen mayoritariamente los padres de familia, los profesores, los alumnos y otros miembros de la comunidad local. Se les debe otorgar a ellos el derecho a administrar los recursos que el Estado asigna, de elegir a los profesores que educan a sus hijos, de supervisar el cumplimiento de las responsabilidades asignadas, y el deber de rendir cuentas de sus actos en función de logros de aprendizaje acordados entre las partes.

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